lunes, 20 de octubre de 2014

Viernes a última.

Sexta hora del viernes. La rutina de ir a clase era lo único que me mantenía viva. Aunque irónicamente verle me mataba cada vez un poquito más. Hacia dos semanas que volví a estar sola. Daniel desapareció, sin dejar rastro, como tantas otras veces. Ni un adiós, eso era lo peor. Pero como nos conociamos perfectamente me imaginé que hubiera tenido que largarse de aquí por drogas. Y sabes, o cazas o te cazan. Y Daniel era muy bueno en esa guerra. Quizás porque su padre le corría a hostias cuando era joven, o porque su madre tuvo que meterse puta cuando se divorció para darle de comer. Una vida algo dura, si. Y el se volvió duro a su vez. Arrastrándome a mi después en esa caída sin fondo. Sabia que no estábamos hechos el uno para el otro, pero los daños unen más que los años. Aún asi no podía evitar que un Javier se paseara por mi cabeza constantemente. Él era el hombre que me convenía. Si no fuera mi profesor de filosofía, claramente.

La 1.30 pm.
El timbre sonó fuertemente y retumbó en mis oídos, agitando mi interior. Espectante, mi mirada se clavó en aquella puerta de madera roja pasión. Un color tan intenso como el de aquel reservado del club. Solo al recordarlo, mi entrapierna se humedecio y tuve que apretar las piernas para evitar que mi mano se dirigiese a ese jardín prohibido que florecía entre mis muslos, como si fuera primavera.

– Buenos días chicos. - Y la ronca voz de ese hombre que no salia de mi mente interrumpio mis libidos pensamientos.

Por alguna razón incomprensible noté coló el rubor se asomaba a mis mejillas, dejando me inmune frente a sus profundos ojos verdes, clavados en mi rostro.

– Laura, ¿te encuentras bien? - De repente me acordé de que debía respirar.

– Eh, yo... Si. Solo me he mareado un poco.

– Vamos, te acompaño a la sala de profesores a por un vaso de agua.

Y su paso fue tan decidido hacia mi que de ninguna manera podía negarme a aceptar su ayuda.

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