lunes, 13 de octubre de 2014

Pensamientos.

La presión era infinita. Debería de ascender, como una masa de aire caliente, pero no era así. Precipitaba al ras del suelo, mojandome y a su vez, manchandome de tierra. No podía seguir evitando la situación violenta que era ver a Javier, básicamente porque le tenia todos los días al otro lado de las mesas, como figura céntrica de la clase, como profesor. Y como si no fuera poco, cuando hablaba de esos royos que los filósofos discurrieron un día hace ya tantos años, parecía que solo me lo contaba a mi, como una charla informal entre dos desconocidos que se conocen demasiado. Llevaba así dos semanas. Evitando el cruce de miradas con ese odonis griego que me había follado de aquella manera en el reservado del club. Ese fascinante hombre que me empotró contra la pared del baño del bar que hacia esquina, frente al instituto, y que tan rápido se había acostumbrado a mi cuerpo. Dos semanas evitando mirarle de la única manera que sabia, con deseo, con lujuria. Sin paciencia por poseerle otra vez, porque me poseyera. Pero luego estaba Daniel, ese chico malo de las pelis que cuanto peor te trata, mas a sus pies te tiene. Ese rubio con pelo caído y ojos claros, que te penetran. Y si solo fueran los ojos los que lo hicieran...
Como dos polos totalmente diferentes. Como la noche y el día. El verano y el invierno. La literatura y las matemáticas. Las camas y los sofás. El amor y el sexo. Pero había llegado un punto, en el que no estaba clara la delimitación entre quien era amor y quien sexo. Y ahí erradicaba mi principal problema. Cuando las manos de Daniel recorrían mi cuerpo con el ansia del hambriento al ver comida, solo podía pensar en que no era Javier. No era ese hombre que sin apenas conocerme lo había dado todo por ayudarme, jugándose su pellejo de pollo asustado. No. El que me tocaba era ese otro que me había vendido tantas veces, que me había hecho conocer tanto el amor mas profundo e idiota, como el odio mas fuerte y penetrante. Era ese que nunca me había valorado. Que me había hundido. Y justo cuando empezaba a salir de la más maloliente mierda, vuelve a aparecer. Y yo estaba ahí, cual cachorro mojado, deliberando la razón por la cual vendría esta vez: para quererme o para hacerme odiarme.








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